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El otro Bill Belichick

Dentro de la plétora de anécdotas que propone el ejercicio biográfico Belichick, del columnista y periodista Ian O'Connor, hay una especialmente conmovedora y reveladora por su profundidad simbólica.

Tras vencer a los Philadelphia Eagles de Andy Reid y Donovan McNabb en el ALLTEL Stadium de Jacksonville, O'Connor reconstruye una escena en la que Bill Belichik celebra el tercer título de Super Bowl de los Patriots en cuatro años junto a sus coordinadores principales: Romeo Crennel y Charlie Weis, a los que definió en su día como "dos de los mejores entrenadores con los que haya coincidido nunca". De pronto al repertorio de gestos, reverencias y abrazos le sucede una imagen que condensa una época: Belichick coloca las palmas de sus manos en la cabeza de ambos, como si tratara de sumergirlos en su pila bautismal.

FILE - In this Feb. 6, 2005, photo, New England Patriots offensive coordinator Charlie Weis, left, head coach Bill Belichick, and defensive coordinator Romeo Crennel, right, celebrate after the Patriots beat the Philadelphia Eagles 24-21 in Super Bowl XXXIX in Jacksonville, Fla. While Belichick owns a record six Super Bowl championship rings, his former New England assistants have combined for one playoff victory as head coaches. (AP Photo/David J. Phillip, File)

En ese instante, Joe Buck, el play-by-play de la transmisión original en inglés, lanza unas emotivas palabras en televisión nacional: "Y los New England Patriots se convierten, así, en la primera dinastía del siglo XXI". La cámara sigue a un Belichick risueño, visiblemente emocionado, hasta que se encuentra con su padre, Steve, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que pasó 34 años como scout y entrenador de fullbacks en Navy, el equipo de la Armada Naval de los Estados Unidos, donde entrenó a gente como Joe Bellino y Roger Staubach, el ídolo de su hijo. Bill abraza a Steve como quien sabe que está ante el hombre más importante de su vida. Desde el fondo irrumpe Teddy Bruschi, el alma y capitán de la defensiva, quien inmortaliza el momento con un baño de Gatorade. Ambos se sacuden y caminan en círculos. No parecen habituados al jolgorio. Nunca pensaron estar en una circunstancia parecida. Steve se aleja de a poco, en estado de trance. Bill no da crédito. No lo desestabiliza el reflector y las cámaras, sino la imagen de su padre, un tipo duro donde los haya, exprimiendo su ropa, limpiando sus anteojos y puede que secándose una lágrima.

A dejected Browns coach Bill Belichick stalks the sidelines late in the Browns 29-14 loss to Denver, November 8, 1993. (AP Photo/Piet Van Lier)

Entonces llega el turno de Cris Collinsworth, que aprovecha para recordar al aire que Belichick apenas tuvo una temporada ganadora en Cleveland y que le sorprendería que no hubiese fans de los Browns viendo el televisor y agitando la cabeza horizontalmente, al tiempo que se preguntan entre ellos: "¿Todo esto es real?". Luego, en medio de su caminata triunfal, Belichick es interceptado por el veterano ala cerrada Christian Fauria, quien firmó con los Patriots pese a las advertencias de varios colegas. Contrario a lo que le decían, no encontró un régimen militar, sino una hermandad a la usanza del futbol americano universitario. "Lo hicimos", le dice a su entrenador. Parafraseando a Joe Namath. Belichick continúa su recorrido, evadiendo y coleccionando abrazos a partes iguales. De pronto se detiene ante un grupo de reporteros arremolinados en torno a su figura y les pide encarecidamente que dejen de compararlo con los entrenadores más grandes de la historia.

New England Patriots head coach Bill Belichick smiles as he listens to a question asking who his favorite Cleveland Browns ball boy was after stonewalling reporters on guestions about his current team's past with regards to the New York Jets during a media availability at the Patriot's football facility in Foxborough, Mass., Wednesday morning, Dec. 12, 2007. The Patriots and Jets will meet in an AFC divisional contest in Foxborough Sunday. (AP Photo/Stephan Savoia)

A los pocos días recibe un e-mail de Ernie Accorsi, el responsable de haberlo contratado en Cleveland, con una leyenda que decía más o menos así: "Sabes que no soy de elogios sencillos. Si tuviera que pensar en un ídolo dentro de esta industria, hablaría de Vince Lombardi. Incluso le puse su nombre a mi tercer hijo. Y ahora, estimado Bill, tú eres parte de esa misma conversación". La respuesta de Belichick es, hasta cierto punto, predecible: "Todavía no pertenezco a esa clase".

Lo anterior sirve para entender la dimensión de un hombre que ganó, después, otros tres títulos de Super Bowl, que influenció a la liga como ningún otro personaje y que trastocó a su antojo los valores competitivos del futbol americano.

Por eso me parecía oportuno recuperar aquella escena en Jacksonville, el último momento de gloria que compartió con su padre, el gran responsable de su aproximación intelectual, sentimental y emocional al juego. Porque hablamos tanto del entrenador obsesivo, meticuloso y perfeccionista que casi se nos olvida el niño que, bajo el corset de una educación marcial, idolatraba a Roger Staubach y que, varias décadas más tarde, por fin supo lo que era ver a un hombre, otrora inquebrantable, desmoronarse.